Refugio

Lo sacaron muerto. Murió asfixiado en un rincón la oficina, nadie sabía decir con exactitud cuántas horas, días o semanas llevaba ahí. Excepto los de servicios de Salud e Higiene, quienes examinaban con detenimiento el cadáver en el filo de la puerta. No, nos dejaron entrar a la oficina. Estaban una decena de hombres en trajes blancos con cascos de fumigación; a la distancia parecían astronautas en medio de una nube de humo blanco y pestilente que se esparcía por todo el piso del edificio.

Las secretarias no podían terminar sus rutinas de maquillaje matutinas. Primero por el nauseabundo olor a insecticida que se les metía por nariz, haciendo un efecto de ojo lloroso. Parecía que el lloraban al cadáver.  Y  segundo porque su morbo era más grande, querían saber todo de él, la edad,  el peso, la raza y hasta si conservaba todavía el abundante bigote.

En la entrada de la oficina, en la puerta de cristales había más gente que la habitual. Los del primer piso subían con el pretexto de ir al baño, los del segundo piso eran más cínicos y preguntaban sin más si era cierto lo del nido de ratas y lo del ratón que había muerto por asfixia con el expediente de los casos de desaparecidos, que llevan años apilado en la esquina del escritorio de madera y metal.

Escritorio de madera y metal en donde don Pedrito (Refugio) guardaba los expedientes de casos de desaparecidos de la CDMX

Y es que Don Pedrito llevaba años sin pasar un trapo en la orilla del escritorio, donde una vieja máquina de escribir, fungía como la herramienta de trabajo más importante, aunque su mayor función era la de ser un objeto decorativo, descuidado pero decorativo. Era la cereza del pastel en esa oficina que parecía decorada como en los 70 a propósito.

  Alrededor de la máquina de escribir había pequeños pedazos de migas de pan, que de vez en cuando Don Pedrito comía como si fueran botanas de frutos secos y otras veces, las sacudía con la mano hacia el suelo. En ocasiones las heces de ratas que había al redor de los objetos del escritorio, se confundían con las chispas de chocolate del café frío que Pedrito tomaba rigurosamente todos los días a las 11: 00 de la mañana. Hiciera frio o calor, el café helado era parte de la dieta diaria de  Don Pedrito.

La mañana de la fumigación, yo observaba desde la esquina de la puerta como sacaban en diablitos los expedientes de casos sin resolver, miles de historias reales sin respuesta, lágrimas y horas de búsqueda por parte de familiares que habían donado sus investigaciones privadas a nuestra oficina, miles de esperanzas vueltas papel salían enfiladas, como si fueran basura. Y es que ahora, ya eran basura. Estaban llenas de orines y excremento de ratón.  El destino de aquellas investigaciones, era incierto.  Ahora, quedarían asentados en el acta/pase de salida, como expediente perdido por desastre natural. Como pasaba con los expedientes a los que les caía café, coca cola, o comida. Todos se los sembraban al sismo o del 85 o el del 2017.

Había expedientes a los que les salían pequeños hilos de orines y centenares de heces de ratón, que a su paso por el piso 6 de la oficina de investigación de crímenes de la ciudad, dibujaban un camino con olor a basura, naranja papel mojado, mismo que iba de la oficina al elevador. Lo que me recordó un poco a Hasel y Gretel y su camino de migas de pan para volver a su casa. Era como si aquel rastro fuera el camino que Don Pedrito tenía que seguir para encontrarse con la fatalidad, aquel día.

Expedientes y planos de investigación de desapariciones de la CDMX que estaban cubiertos de orines de ratón.

El personal de Higiene y Salud Institucional estaba asqueado por el hedor a orines. Nosotros los compañeros de trabajo de Pedrito, no dábamos crédito a lo ocurrido. El comandante Ceballos nuestro jefe, salió de su oficina tapándose la boca con uno de los pañuelos que siempre traía en la bolsa izquierda del pantalón. Se acercó a nosotros y nos dijo que había recibido la llamada de la esposa de Pedrito quien le informó que a partir de este día se presentaría a trabajar; también, le aclaró que por años lo habíamos llamado con el nombre equivocado; porque el en realidad se llamaba Refugio Domínguez. 

En la fiesta de navidad de 1985 Refugio Domínguez estaba muy ebrio. Y pasó gran parte de la fiesta de navidad abrazando a una botella de don Pedro. Se embriago tanto que olvido como se llamaba y cuando le preguntaban por su nombre respondía que se llamaba como el alcohol, Don Pedro. A partir de ese instante y durante los siguientes 33 años fue conocido como Don Pedro. Como nunca recibía oficios a su nombre y solo se hacía cargo de la copiadora y el archivo a nadie se le ocurrió indagar más sobre su verdadero nombre, ni sobre su persona. Se convirtió en parte del mobiliario del archivo de la oficina de investigación, sin amigos, sin colegas, sin compañeros y sin vida laboral. Su trabajo se limitaba a la copiadora y el archivo muerto.

 Refugio había salido del coma en que había entrado dos semanas antes, a causa de beber un café con orines de rata. Los orines de la rata le habían causado una reacción alérgica que le cerro la garganta; causándole un colapso respiratorio, mismo que derivó en un coma.

 Refugio había vuelto  del coma días antes de la llamada de su esposa. Sin embargo, se presentó a trabajar inmediatamente, por órdenes del comándate Ceballos. Y lo hizo el día de la fumigación.

Refugio entró al pasillo de nuestro piso y vio con tristeza los expedientes que eran transportados. Algunos expedientes parecían edificios mini. Parecían pequeños departamentos llenos de popo de rata y orines. Su oficina que estaba siendo intervenida por los del área de Higiene y Salud Institucional parecía un campo de arena pro el que había pasado caballos. El polvo y el humo de las máquinas de fumigación, le daban un aspecto de neblina, que volvía más tétrico el lugar. Cuando vio a los hombres salir con una familia de ratas muertas en un recogedor de basura, no pudo contenerse y se puso a llorar. Los morbosos pensaron que era por vergüenza, otros por lo impactante del olor, lo desolado que se veía el lugar o porque seguramente le había impactado mucho saber que su oficina se encontraba bajo esas condiciones.

Escritorio de compañero de piso de Refugio.
Escritorio de una de las secretarías con las que Refugio compartía piso. Detrás, la oficina de Refugio

Pero ninguna de nuestras especulaciones era verdadera. Entre mocos, olor a insecticida, lágrimas y café derramado Refugio se tapó la cara y confeso que esos ratones habían sido el único proyecto del que sentía orgulloso en la vida; porque él, nunca quiso ser policía, ni encargado del archivo, ni el saca copias, ni padre de familia, ni portero del equipo de futbol,  ni nada de lo que era, ninguno de los roles que había desarrollado en la vida lo habían llenado tanto como ser el administrador del edificio de papel que le había construido a sus ratones con el archivo muerto de los casos de desaparecidos de la ciudad.  Es más, nos dijo que a él, ni le gustaba el café, que todos los días lo traía para sus pequeños amigos. Según sus cuentas había al menos 215 ratones, divididos en 20 familias, 20 edificios de 4 pisos cada uno, con ventanas de papel, laberintos y en medio de los archivos apilados, un jardín lleno de aserrín donde había comida todos los días, chipas de chocolate, crema pastelera y café. Refugio nombro al espacio y a la colonia de ratones “los 43” porque en su mayoría, los archivos que servían de vivienda para los ratones, eran archivo muerto del caso de los 43. Familias de ratones recibían los apellidos de los expedientes que habitaban. En serio, había dedicado tiempo a sus ratones, en serio, había tomado esto como una forma de vida.   Me sentía mal por haberlo juzgado de tan mal modo.

Ahora, ya sin ratones no tenía a que venir a la oficina. Pues, su trabajo se había reducido a llevar archivos al sótano, sacar copias y acumular miles de papeles para sus ratones. Después de 20 años de trabajo, de haber tenido solo contacto con sus ratones, después de haber sido ignorado por las 23 personas que trabajábamos ahí, después de todo eso, todavía estaba siendo señalado por todos como el loco, el acumulador, el indigente, el borracho. Ninguno, había visto más allá de sus narices, ninguno tuvo corazón para darnos cuenta que Refugio estaba deprimido, solo, asqueado de nosotros, abstraído, que había preferido la vida con las ratas que una vida toxica con quienes lo juzgábamos y lo etiquetábamos. Ese día, todos los que observábamos el desalojo de villa “los 43”. No solo le estábamos quitando intimidad a Refugio, le estábamos quitando también la única forma que había encontrado de honrar su nombre, le estábamos arrancando con nuestras miradas morbosas su vocación, su empeño, el apoyo y sobre todo, ese día, le quitamos la única alegría que había tenido en la vida. La de ser Refugio.

Escritorio de Refugio sin ratones, sin expedientes y sólo con archivo que logró recatarse. (Fotografías por @marggielop)