Doble calzón

Nico tenía como 5 años, quizá menos. Mi tío Carlos nos había invitado a una posada. Por esos tiempos Nico, ya era muy travieso. Como estábamos viendo las caricaturas y no atendimos al primer llamado de mi padre para que nos alistáramos para ir a la posada. Se nos pasaron los minutos.

Cuando mi padre dijo que era hora de irnos. Solo se nos ocurrió decirle a Nico que se pusiera sus pantalones y una buena chamarra. Durante el camino Nico iba muy serio. Llegamos a casa del tío Carlos. Nos mantuvimos sentados y bien portados como dictaban los ojos inquisidores de mi madre. Participamos en la posada. Nos tocó adentro. Cuando prendíamos las luces de bengala, la pequeña mano de Nico se puso sobre la mía para darme un fuerte apretón, baje la cabeza y escuché con atención lo que Nico tenía que decirme.

– hermana, no traigo calzones. ¿Se me nota? Yo casi me echo a reír. Pero me pareció gracioso que estuviera tan angustiado y quieto. Así que le dije:

– A ver, voltéate

Y conteste con un serio

-si

Hubieran visto como saltaron sus hermosos ojos, se hicieron grandes, más grandes de lo que los tiene. Y se sentó en un sillón. Desde ahí pedía ponche, dulces, pan, y sonreía. Con la sonrisa de 30 dólares que hemos ensayado toda la vida, para vernos despreocupados.

Cuando era la hora de la piñata mi tío Carlos, casi nos saca a empujones. Pero no salimos. Como buena hermana me quede con él en el sillón, viendo como otros niños se llevaban los dulces que nos pertenecían.

Días después nos invitaron a otra posada, en la que casualmente vi muy participativo a Nico. Como buena hermana, molestona. Se me ocurrió preguntarle

– ¿traes calzones?

A lo que respondió, haciendo un dos con sus diminutos dedos

– Me puse dos

Luego me guiño un ojo. Y se abalanzó sobre los dulces que caían de una piñata del chupacabras.